CUYES OTRA FORMA DE HACER NEGOCIO

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Ibarra. 12 ago 98. n los sectores rurales de Imbabura hay una
constante: los criaderos de cuyes. Las mujeres de Imbaya y San
Blas seleccionaron la raza.

Por la carretera que conduce al cantón Urcuquí (Imbabura) se
llega a la parroquia Imbaya, uno de los más prósperos reductos
de las criadoras de cuyes. La más entusiasta es Nidia Cabal,
quien cambió la ciudad por el campo. Para llegar a su finca se
toma un camino empedrado, la travesía es ruidosa por los
baches que el vehículo tiene que salvar; tras unos minutos, se
llega al sector La Graciela (cantón Antonio Ante) y se observa
la casa que se yergue en medio de árboles de pino y eucalipto.


Lleva un mameluco verde oliva y calza botas negras de caucho.
El oficio, al que apostó hace dos años, le representa 25 horas
a la semana. La decisión no fue fácil: solo la tomó tras una
profunda meditación y cuando estuvo segura de recibir el
asesoramiento del Ministerio de Agricultura y Ganadería.

A partir de entonces, todos los días se levanta para ser una
criadora de cuyes -aunque en su hoja de vida se diga que fue
una activa ejecutiva en Bogotá, Colombia-... Tras un ligero
desayuno, sale con dirección a las cuyeras y se envuelve con
el olor de la alfalfa recién cortada.

La mañana transcurre entre el cuidado de los animales y la
charla con las campesinas que llegan para solicitar consejos
y, muchas de las veces, un cuy macho para mejorar las crías.

Este es un negocio que ha cuajado tanto que, aproximadamente,
el 60 por ciento de las mujeres campesinas de la provincia de
Imbabura le apuesta.

Y no es raro mirar pequeñas o grandes cuyeras en cada una de
las casas o chozas de las zonas rurales, lo extraño es no
encontrarlas. Todas tienen animales de la raza "peruana
mejorada".

Esta labor -exclusiva de mujeres- es rentable: en el mercado
local se cotiza un ejemplar en 20 mil sucres y en Colombia
7.500 pesos (30 mil sucres); y para instalar un plantel de
cuyes, la hembra se vende en 40 mil.

Nunca se hacen líos para instalar sus criaderos. María Ester
Sánchez, del sector de San Blas, ha puesto en juego su
imaginación: hace un año cavó dos huecos en el suelo y los
cubrió con un paraguas de paja de páramo. En los orificios
alimentaba a dos hembras y a un macho.

Con una sonrisa discreta y sincera cuenta que inicialmente su
marido no le apoyaba, los argumentos: descuidaba el ciudado de
los niños -ocho en total- y no atendía las labores de su
pequeño huerto... Al poco tiempo, el esposo cambio de idea
porque aumentó el número de crías. Juntos- trataron de buscar
otro sistema para tener a los 25 cuyes; así idearon el método
de amontonar piedras y cercarlo con malla.

Cabal invirtió más y levantó fosas de bloques y cemento. Esa
inversión fue necesaria porque llegó a tener algo más de
1.500, aunque, al momento, solo tiene 150 porque, hace unas
semanas, los vendió en Colombia y 60 fueron enviados -en
calidad de préstamo- a El Quinche para iniciar un plantel de
cuyes.

Los recuerdos de sus inicios aún están frescos: en 1996 compró
100 hembras y diez machos para empezar la producción que la
vendería exclusivamente en Colombia, simplemente porque desde
Ipiales hasta Popayán la demanda es alta y la paga es mejor
que en Ecuador.

Pero no tenía idea de cómo aumentar el número. Y, por el
contrario, se registró una elevada mortalidad... Eso la
angustió, no sabía qué hacer, hasta que la ayuda llegó y se
detectó que los animales morían por el excesivo frío.
Solventado el problema, se propuso aprender los secretos de la
crianza y el tiempo le enseñó que al acercarse el periodo de
venta se debe optar por engordarlos con un alimento combinado
con morochillo, cebada, trigo y sal. Sánchez, en cambio, solo
les alimenta con yerba del potrero que está cerca de su casa.

Mirando al futuro

En el sector rural de Imbabura hay una tradición: las mujeres
trabajan en la crianza de cuyes, aunque también se dedican al
ganado bovino y porcino. El Ministerio de Agricultura propuso
cuidar pollos pero no tuvo la rentabilidad esperada. Con los
proyectos de asesoramiento, los planteles de cuyes han crecido
tanto que ahora es una actividad que factura cifras
considerables, aunque no se sabe cuánto.

Ahora se han conformado grupos de trabajo para unir esfuerzos
y aumentar el número de animales. Ellas saben que, para
instalar la infraestructura deben utilizar materiales propios
de la zona y no entrar en gastos extras; el número de animales
tiene que estar adecuado a las posibilidades de forraje.

Las campesinas saben que la raza peruana es la mejor; pero
también se ha utilizado reproductores de Colombia, donde se
dio un boom en 1975, en Nariño. 23 años después se siguen los
pasos en Ecuador y en cuatro años se duplicó la población en
Imbabura. Se estima que existían 100 mil animales. Actualmente
la cifra se habría triplicado.

Esa mentalidad emprendedora se intenta reproducir en todas las
campesinas de Imbaya y San Blas; las herramientas están
claras: superar el problema de la falta de información y la
Asociación de Pequeñas Empresarias de Imbabura pretende
capacitarlas a nivel administrativo.

Pero no quieren acaparar todo. Inicialmente intentarán mejorar
la raza, al igual que Chimborazo; donde existe la raza criolla
o macameos, animales de hasta seis libras de peso. Llegar a
tener esos ejemplares es el objetivo. (Texto tomado de El
Comercio)

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